Subo al tren en la mañana. Son las
8 y entro a las 9 al college donde estudio. El viaje no dura más de 20 minutos y
me siento tranquila al sentarme en aquellos cómodos asientos que el O’Train de
Ottawa me brinda.
Miro por la ventana. El día es
frío pero la bruma que rodeaba la vida al salir de casa ya se había disipado. Veo la vegetación; los árboles, las flores a punto de reventar, el río que separaba una ciudad entera,
cerca de la estación de la universidad de Carleton.
Me decido entonces a mirar a mis acompañantes. Un aroma
dulzón y ácido me distrae del escrutinio. Es simplemente embriagador. Cierro mis ojos y trato de respirar lo más profundo que puedo, dejándome llevar por aquel exquisito sabor; sabor que conozco y que está en mi lengua danzando, a pesar de no tenerlo de manera real en ella. Un aroma que logra que me acomode aún más en mi asiento y repose mi cabeza en el hombro de mi compañero de vida, quien, mirándome sonriente, siente el mismo aroma que yo.
Café.
Todos beben café. Todos,
absolutamente todos. Solo nosotros no estamos bebiéndolo y es porque no tengo idea
dónde venden café cerca de casa o del tren.
Lo beben, lo saborean, y lo vuelven a beber como si no hubiese un
mañana, como si estuviesen tan abatidos para ver la realidad, que una simple
taza de café los calma… como si vivieran estresados siempre.
Pensé entonces en mi país y torcí el gesto. En Chile
viajamos al trabajo apretados, menos de un metro cuadrado es lo que hay
entre persona y persona en un vagón de metro que, a mi parecer, nos hace
parecer más ratas que personas… como vacas camino al matadero. Como cerdos
camino a matadero. ¿Y aquí? Tenemos más de 3 metros por persona, todas cómodamente sentadas en sus butacas, y las que van de pie, lo hacen porque llevan la bicicleta a su lado. El ir apretados
no se conoce y, aun así, la gente bebe café como si la vida fuese tan estresante y tan mala que solo con café pueden seguir adelante... como si no hubiese un mañana, reitero.
¿Será que mi consciencia del estrés
es distinta?, ¿o simplemente no tengo empatía por los problemas de las personas del llamado "primer mundo"?
Miro a un simpático colorín sentado frente a nosotros. Cabello
rojizo furioso, piel blanca y facciones preciosas. Bebe su café, dando sorbos pequeños, descuidado, mirando el
diario “Metro”, muy similar -para no decir igual- que nuestro querido Públimetro. Lo lee mientras bebe su
café. Se entera de las noticias y sigue con su café. Es hipnótico, incluso. Puedo saborear ese café, es un aroma muy fuerte y el chocolate delata el Mocaccino. Respiro hondo; llegaré a buscar un café apenas llegue al college, me prometí.
Quise entonces estar como él, ser como él; preocupada
de nada y a la vez de todo, estresada allá, incluso, pues con un café podía tu
día mejorar.
Ahora lo extrapolo a mi presente. A la
ida en metro. A la gente apretándome y golpeándome la espalda que, siendo tan joven, está tan mal trecha; doloroso. A los tipos que
te miran como si fueras la única mujer en la tierra, libidinosos. A la caminata
cual redil al matadero para hacer combinación de linea. Y me enoja; Me enoja que, entre todo eso, entre todas
esas cosas, no es posible tomarse un puto café en la mañana, mirando el
paisaje. El estrés en Chile no se puede aplacar con un café en la mañana, mirando el paisaje
Decidí entonces que prefiero el estrés
de Ottawa. Aquel que se puede pasar sentado en el tren, mirando la
naturaleza hermosa pasar, bebiendo un café como si fuera la respuesta a todo y cada uno de tus problemas.
1 comentario:
Ayer lo leí, y me trajo muchos recuerdos del viaje hecho a Canadá.
Publicar un comentario